15/05/2016

Evaluaciones 3 minutos EICTV

El pasado martes, 10 de mayo, salí por la tarde a montar en bici, una bicicleta azul que le he comprado a Julius, un alemán que pasó por la escuela. Me gusta mucho montar en bicicleta, desde pequeño, sobre todo por caminos, descubriendo nuevos paisajes, pedaleando en caminos pedregosos e irregulares. Alguna vez me di una hostia, pero me levanté. El caso es que el otro día empecé la ruta como siempre. Salí de la escuela por la parte de atrás y vi a otros compañeros que se quedaron jugando al baloncesto en la cancha. Fui desde la Finca San Tranquilino hasta al Pueblo Textil en 5 minutos. De ahí continuaba hasta Cayo de la Rosa cuando, en mitad del camino, se me ocurrió dejar de lado la carretera para meterme en un camino de tierra que iba hacia el oeste, en el cual esperaba acabar encontrando la subida a una loma desde la cual, me habían contado, se llegaba a ver el mar a lo lejos. En ese camino me crucé con vacas y cabras. También pasé junto a una granja de gallinas que custodiaba un perrito. El perrito empezó a correr detrás de mi, se acercaba mucho y no paraba de ladrar. Yo echaba repetidas miradas a ver qué coños sería del él, pero no paré. A ver quién resistía más. Otro perro más grande salió y empezó a correr también a la par que el otro. Cuando miré, este perro grande le mordió al otro en el cuello y lo dejó K.O. tirado en el suelo. Seguí, seguí y un poco más adelante me hice a un lado y me senté en una piedra a pensar y a mirar el paisaje.

A los 15 minutos me puse a hacer el camino en dirección contraria. Sin mayores tensiones llegué a la escuela, los compañeros seguían jugando al baloncesto y yo aseguré la bici donde siempre la suelo dejar, esperando para la próxima salida.


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